La Mujer
El ser que es, para la mayor parte de los hombres, la fuente de los más vivos, e incluso, digámoslo para oprobio de las voluptuosidades filosóficas, de los más duraderos placeres; el ser hacia el cual o en beneficio del cual tienden todos sus esfuerzos; ese ser terrible e incomunicable como Dios (con esta diferencia, que el infinito no se comunica porque cegaría y aplastaría lo finito, mientras que el ser del que hablamos quizá sólo es incomprensible porque no tiene nada que comunicar), ese ser en quien Joseph de Maistre veía un bello animal cuyas gracias alegraban y hacían más fácil el juego serio dela política; para quien y por quien se hacen y deshacen las fortunas; para quien, pero sobre todo por quien los artistas y los poetas componen sus joyas más delicadas; de quien derivan los placeres más enervantes y los dolores más fecundos, la mujer, en una palabra, no es solamente para el artista en general, y para el Sr. G. en particular, la hembra del varón. Más bien es una divinidad, un astro, que preside todas las concepciones del cerebro masculino; es una reverberación de todas las gracias de la naturaleza condensadas en un solo ser; es el objeto de la admiración y de la curiosidad más viva que el cua-dro de la vida pueda ofrecer al contemplador. Es una especie de ídolo, estúpido quizás, pero deslumbrante, encantador, que sostiene los destinos y las miradas pendientes de sus miradas. No es, digo, un animal cuyos miembros correctamente unidos ofrezcan un perfecto ejemplo de armonía; no es ni siquiera aquel tipo de belleza pura tal y como puedesoñada el escultor en sus más severas meditaciones; no, eso no sería todavía suficientepara explicar su misterioso y complejo encantamiento. Aquí no necesitamos para nada a Winckelmann y Rafael; y estoy seguro de que el Sr. G., pese a toda la amplitud de su inteligencia (dicho sin injuriade), ignoraría un fragmento de la estatuaria antigua, si con ello perdiera la ocasión de saborear un retrato de Reynolds o de Lawrence. Todo lo que adorna a la mujer, todo lo que sirve para ilustrar su belleza, forma parte de ella misma; y los artistas que se han aplicado particularmente al estudio de ese ser enigmático se entusiasman tanto por todo el mundus muliebris como por la mujer misma. La mujer es, sinduda, una luz, una mirada, una invitación a la felicidad, a veces una palabra; pero es, sobre todo, una armonía general, no solamente en su aspecto y en el movimiento de sus miembros, sino también en las muselinas, las gasas, las amplias y tornasoladas nubes detejidos con los que se envuelve, que son como los atributos y el pedestal de su divinidad; en el metal y el mineral que serpentean en torno a sus brazos y su cuello, que añaden sus destellos al fuego de sus miradas, o que parlotean dulcemente en sus orejas. ¿Qué poeta osaría, al pintar el placer causado por la aparición de una belleza, separar ala mujer de su vestido? ¿Quién es el hombre que, en la calle, en el teatro, en el bosque,no ha disfrutado, de la manera más desinteresada de un vestido sabiamente arreglado, y no se ha llevado una imagen inseparable de la belleza de aquella a la que pertenecía, haciendo así de las dos, de la mujer y del traje, una totalidad indivisible? Esta es la ocasión, me parece, de volver sobre ciertas cuestiones relativas a la moda y al ornato que no hice sino rozar al comienzo de este estudio, y de vengar al arte del arreglo de las neciascalumnias con que 10 agobian ciertos amantes muy equívocos de la naturaleza.
Charles Baudelaire, "El Pintor de la Vida Moderna"
Unas veces jiji-jaja; otras, me darían ganas de pisarle los huevos hasta dejarle estéril por imbécil -y rima.