27/11/2009

"Fragment of the tapestry of Bayeux. It shows the death of King Harold when an arrow hits his eye."

Stamford Hill. Viernes 27 de Noviembre del 2009.

Estaba hirviendo unas verduras. Me encanta el color lila de los ajos.

Soy una trabajadora pésima. Mi padre ya me hubiese echado. El turno de mañana se me hace insoportable. (Mejor dicho, se le hace insoportable a los demás, ya que soy yo la que estoy medio muerta y son mis compañeras las que me tienen que aguantar.)
No me gusta el mandilón rojo que nos hacen llevar ahora por navidad, de hecho empieza a no gustarme usar mandilón, me queda grande, parezco una sirvienta.
Paso las jornadas laborales en estado de trance y, o acoso a los clientes sobrexcitada o les ignoro con el trapo en la mano con expresión de
"No ve, señora, que estoy quitando el polvo?".
Juego. Ya no me tomo nada demasiado en serio.
En cuanto puedo me escapo al almacén para llevar a cabo mi tarea favorita: desembalar cajas. Ahí sí que me puedo dedicar al
daydreaming, como dicen aquí. Divido mi mente en dos, así pongo precio a los perfumes y pienso en mis cosas (tonterías, generalmente) al mismo tiempo.
Últimamente me he sorprendido, y más de una vez, imaginando escenas medievales (o lo que yo en mi ignorancia considero como tal). Ya no me conformo con imaginarme a mi misma descansando, recostada en mi cama, leyendo y bebiendo té (escena de extrema tranquilidad) sino que pienso en terciopelos granates, esclavos, masajes con aceite, carne y vino, queso y pan, vidrieras policromadas, encuentros sexuales con nobles (apuestos, claro), catedrales de arquitecturas imposibles y bosques frondosos en los que sólo se filtran unos pocos rayos de luz. Tengo la extraña sensación de haberme convertido, espiritualmente, en un estudiante de instituto heavy-metalero con gafas. Sólo me falta dibujar escenas de princesas y dragones con el bic azul sobre las cajas marrones.
Mientras desempaco la mercancía me libero de todo lo concerniente al mundo exterior, sólo lo que puedo ver a través de las claraboyas, los pies de la gente que pasea por Regent st, me recuerda que hay algo ahí fuera. Nadie me mira, me encorvo y hasta me despeino; me vuelvo una pequeña salvaje y parezco menor de lo que soy. Me veo reflejada en el espejo, fea. Cuando mi turno llega a su fin, voy a la salita de las empleadas, me quito el mandil, me peino, me arreglo y vuelvo a ser la señorita coqueta de veinte años que soy (y a la que contrataron entusiasmados). Subo las escaleras, pomposa, victoriosa, y salgo a unirme a los viandantes que antes me pisaban, atravesando la tienda con un aire de
"Mirad, puedo ser así pero aquí dentro no me apetece".
Insolencia fruto de la naturaleza del trabajo: temporal.

Y si soy mala trabajadora, como inquilina soy peor. Me da pena porque el dueño de la casa es adorable, es encantador. Sé que cuando me hizo la entrevista se quedó ilusionado con la idea de una chica distinta a mí. Le dije que leía mucho, y eso le alegró y le tranquilizó. Pero no le dije que me gusta recitar lo que leo. Ni que toco la guitarra.
No soy nada
gentle with the doors, uso muchísimo la calefacción porque no me gusta la ropa de abrigo y a veces (sobre todo desde que alguien se equivocó y cogió dos plátanos que eran míos) uso la leche de los demás para mis cereales.
Había dejado bien claro y con orgullo que no me gustaba hacer fiestas en mi propia casa, pero de hecho recibo, por regla, una visita semanal como mínimo -y no sé si no somos muy ruidosos. El picaporte de mi puerta está roto desde hace tiempo y no sé cómo lo voy a arreglar. Pago religiosamente el alquiler, eso me salva. Menos mal. Tengo que portarme bien: le haré un regalo por navidad.


El miércoles di con una Squire barata, sobre la que aún dudo, pero que se adapta a mis necesidades y que acabará en mi habitación tarde o temprano.

Referente a los libros:
Echo (MUCHO) de menos mis libros en español; esa estantería repleta que tuve que dejar atrás. Leer en inglés no me molesta pero la lengua materna es todo un placer. Alargué la re-lectura de
El diablo en el cuerpo hasta límites inimaginables. Dediqué a cada página una eternidad. Esta mañana reservé el final para la vuelta a casa. Volví llorando en el autobús. No me canso de llorar con ese final.