03/02/2010

El Síndrome del Bibliotecario.
Trabajo en la biblioteca. Coloco los libros desperdigados de vuelta a su estante. Haciendo una traducción literal de mi puesto de trabajo soy "estantera". He de llevar una semana y ya he unido lazos con algunos estantes, algunos libros y algunas revistas. Es como si hablase con ellos; de hecho, algunos siempre están quietos, pero algunos se comportan como si estuviesen vivos: en cuanto te despistas vuelven a estar sobre algún escritorio. Vida. Unos pasillos permanecen ordenados; otros son un caos, una auténtica selva.
La selva de la biblioteca es el pasillo de moda y su templo de Angkor, las estanterías de diseñadores y men's wear. Y si los libros de arte son grandes, los de moda son titánicos: descomunales.
Sobresalen, se pelean entre sí por un hueco más cómodo, se empujan, se muerden, se arañan: es la ley del más fuerte, y en esta lucha entre depredadores los pequeños libros de Prada siempre pierden cayendo por la parte trasera del estante a lo que podría considerarse como el pozo trampa de los caníbales.
391.092 CHA para Chanel, 391.092GAR para Comme des Garçons, 391.092MIS para Missoni. Es como un juego una vez que te lo sabes de memoria.
La sección de fotografía es la que menos me gusta, los libros también son gigantes y en el mismo pasillo están los ordenadores... y mucha gente se sienta con el culo hacia afuera: es prácticamente imposible acceder sin pegarle a alguien en la cabeza con algún ejemplar gigante de Teller o Brassaï.
La de filosofía es mi favorita, ya me la conocía bien antes de haber comenzado a trabajar y ahora me la sé mejor, podría hacerlo con los ojos cerrados. Kristeva aquí, Bataille aquí, Benjamin allá. Todos los libros son casi del mismo tamaño y eso sólo puede significar una cosa: orden.
Las revistas sólo me gustan cuando están recopiladas en encuadernaciones de tapa dura (la de la Vogue Inglesa en Beige es muy bonita), aunque la semana pasada me topé con una no-tan-famosa Erin Wasson en la portada de una Vogue del 2003 y me hizo bastante ilusión, y anteayer con aquella Dazed and Confused de la editorial sobre Kate y Pete que fotocopiase a mi hermana... Hay algunas excepciones, sí, pero por lo general ordenar revistas me hace sentir como en una peluquería (sin lo de barrer pelo, claro).
También hay algunos estantes repletos sobre Punk, uno dedicado a la muerte, otro a libros sobre carteles de circo, otro sobre cirugía estética y otro sobre vestidos de boda.
Y luego hay secciones que realmente no entiendo del todo. Teniendo en cuenta que la biblioteca es pequeña, que no hay demasiados libros y que no tenemos ni un mísero estante de literatura clásica... ¿porqué hay un estante sobre animales marinos?, ¿porqué tenemos una sección de cocina italiana si el 90% del alumnado padecemos algún tipo de desorden alimenticio*?
¿Y los reptiles?, ¿alguien usa los libros sobre reptiles?
Ay, ¡misterios!; lo único que sé es que el otro día, paseando por Foyles, me encontré alineando los libros de Ezra Pound. Es el síndrome del bibliotecario.

* A ver, es normal, es una escuela de moda.