XXIII
Se acercaba la primavera, iba derritiéndose la nieve, dejando al descubierto el barro y la carbonilla que yacía en su hondura. Cada día veíase más fango, y todo el arrabal parecía no haberse lavado, cubierto de harapos. De día, los tejados goteaban, mientras, cansados y sudorosos, exhalaban vaho los grisáceos muros de las casas; de noche, por doquier, blanqueaban confusamente los carámbanos. En el cielo aparecía el sol cada vez con mayor frecuencia, y los arroyos empezaban a murmurar con fuerza, corriendo hacia el pantano.
Se preparaban para el Primero de Mayo.
En la fábrica y por el arrabal volaban las hojas, explicando la significación de la fiesta, y hasta los jóvenes que no estaban influidos por la propaganda decían al leerlas:
- ¡Hay que organizar eso!
(...)
- ¡Así es en realidad, madrecita! Ha cogido usted por los cuernos al toro de la historia. Sobre este fondo amarillo hay algunos ornamentos, es decir, algunos bordados, pero éstos no cambian la cosa. Precisamente esos hombrecillos gordetes son los principales pecadores y los más venenosos gusanos que se comen al pueblo. Los franceses los han llamado, con acierto, burgueses. Acuérdese, madrecita: burgueses. Ellos nos sacan el jugo, nos mastican y nos devoran.
- ¿Es decir, los ricos? -preguntó la madre.
- ¡Precisamente! En ellos estriba su desgracia. Verá usted, si en la comida de un niño se le pone un poquito de cobre, se retardará el desarrollo de sus huesos y se quedará enano, y si envenenamos a un hombre con oro, su alma se volverá pequeña, mortecina y grisácea, exactamente igual que una pelota de goma de cinco kopeks...
Una vez hablando de Egor, Pável le dijo:
-¿No sabes, Andréi? Las personas que más bromean son aquellas cuyo corazón sufre sin cesar...
El "jojol" guardó silencio, y entornando los ojos, contestó:
-Si fuera verdad lo que dices, toda Rusia estaría muriéndose de risa...
Gorki, M. (1979?) La Madre. J. Perez del Hoyo, Editor: Madrid.